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March 16, 2017

¿Por qué los mexicanos no sabemos elegir?

Mónica Uribe Moreno.
Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública y Candidata al Doctorado en Historia por la Universidad Iberoamericana.

 

Una de los rasgos más sorprendentes de la sociedad mexicana, sin distinción de clase social o económica es la dificultad para decir no. Es mejor decir ahorita, al rato lo veo, que de plano decir no. Hace poco en una comida, un grupito – como siempre, se hacen grupúsculos dentro de toda fiesta –  nos preguntábamos la razón por la que los mexicanos nunca decimos sí o no de manera directa, sino que le damos vueltas al asunto, tratando de no disgustar a nuestro interlocutor, no vaya a ser que la ofensa nos pese toda la vida.

Eso nos llevó a otro cuestionamiento, ¿Por qué los mexicanos nos mostramos tan dubitativos a la hora de elegir un bien o un servicio? ¿Es que en realidad tememos que una elección sea irrevocable? ¿Será miedo al compromiso? ¿Por qué a una pregunta tan sencilla como sí o no, que para otras culturas es muy simple, el mexicano da quince vueltas a la misma cuestión?

Me pregunto si esto no es parte de un factor cultural que nos tiene atados en lo social y lo personal a un miedo ancestral por quedarse como el perro de las dos tortas, sin la una ni la otra … En fin, un poco de reflexión – casi filosófica –  viene bien para entender lo que le pasa al mexicano a la hora de elegir, lo que tiene consecuencias económicas, principalmente en lo que atañe al consumo; consecuencias sociales, que tienen que ver con los compromisos personales y comunitarios asumidos; y consecuencias políticas, las que se relacionan con las elecciones y la búsqueda de la democracia, así como con la gestión gubernamental y formulación de las políticas públicas.

Un punto que no deja de ser extraño es que los mexicanos pueden quejarse y movilizarse por un sinnúmero de causas. Sin embargo, eluden, quizá inconscientemente, distinguir el origen de las fallas en el sistema. No se necesita hacer un análisis profundo para saber que la causa eficiente de los problemas que agobian al país hunden sus raíces en la corrupción, aunque detrás de ésta se encuentran una serie de factores históricos –  o mejor dicho psicohistóricos –  que ayudan a explicar ciertos comportamientos sociales que al parecer son típicos de los mexicanos.

Todo lo anterior, de una manera general, se relaciona con la dificultad para tomar decisiones entre varias opciones. Por definición, cuando sólo existe una opción, no tomamos decisiones, simplemente, de manera racional – esto de manera hipotética –  asumimos la única alternativa que se nos ha presentado.

 ¿Será que los mexicanos somos personas indecisas? Veamos cuáles son los factores que activan la indecisión[1].

Según la psicología social, la primera y más importante situación que nos alarma es que al tomar una decisión – la que generalmente implica tener más de una opción -, es que algo perderemos. Elegir implica siempre cancelar, ya sea de manera momentánea o permanente, otras opciones que nos pueden parecer parcialmente benéficas o interesantes, pero que no se equiparan, en teoría, a los beneficios de aquello que ha sido elegido. Sin embargo, la mayoría de las veces la duda persiste y esa duda, muchas veces se expresa en el ya consabido, “si hubiera sabido, entonces …”. El mejor ejemplo en el México contemporáneo es “¿qué habría pasado si Andrés Manuel López Obrador hubiese ganado la presidencia en 2006?”. Lo cierto es que el famoso .056 por ciento por el que ganó Felipe Calderón la presidencia de la República aún genera muchas dudas y por ello recurrimos, en la imaginación, a lo que se llama historia contrafáctica.

Las razones por las que nos da miedo elegir también se relacionan con el miedo al fracaso, a elegir mal y, con ello, cambiar los acontecimientos en contra, obviamente, de nuestros mejores intereses. Este miedo se agudiza en las personas obsesivas y perfeccionistas, que verdaderamente sufren si cometen un error.

Otro punto importante es no querer (o no permitirse) buscar diversas alternativas de solución y sólo se ven la más evidente o la que el líder/caudillo presenta. Lo anterior evidencia un pensamiento lineal o un condicionamiento extremo. En las sociedades corporativo clientelares, como la nuestra, el papel del caudillo es fundamental para entender el sentido de las decisiones. Sin embargo, hoy por hoy, el líder carismático parece estar siendo sustituido por su imagen en las redes sociales. Dicho de otro modo, el líder se vuelve virtual …sugiere rutas alternativas a través de las redes.

Una variante de no buscar alternativas es encontrarlas sin elegir alguna, porque ninguna de ellas cubre las expectativas y/o necesidades de manera objetiva, o porque subjetivamente – dados los condicionamientos psicosociales –  simplemente no se encuentra la utilidad de las opciones presentadas.

Otro elemento por lo cual resulta difícil tomar una decisión es la falta de confianza en las propias habilidades, lo cual, evidentemente, deriva de un problema básico de falta de autoestima. En este caso, se puede tomar una decisión y volverla a tomar una y otra vez, sin que se llegue a completar el ciclo de la toma de decisión. El caso típico del que se arrepiente de tomar una decisión, cambia de opinión y de decisión una y otra vez, sin llegar a concretar nada.

Derivado de lo anterior está la dependencia en la opinión o la decisión de otras personas. Generalmente, esto también tiene que ver con una baja autoestima y/o con estilos educativos dictatoriales. Los hijos de padres autoritarios no suelen recibir una crianza que los haga proclives a tomar decisiones por ellos mismos. Las familias tradicionales mexicanas, como probablemente todas las familias de culturas patriarcales del mundo se guiaban por las reglas del patriarca – fuera el padre, el abuelo o el tío o el varón que fungiese como el líder de la familia ampliada –  para tomar decisiones. Si las reglas se rompían, significaban automáticamente la exclusión y ¿quién quiere ser excluido de su sociabilidad primaria? Por ello no resultaba muy positivo tomar una decisión que disgustase al líder de la familia o comunidad. Así, las opciones para decidir se reducían o prácticamente se convertían en una sola opción: la obediencia al patriarca.

Relacionado con lo anterior, están los estilos educativos dictatoriales, ya sean en el seno familiar o en instituciones educativas muy tradicionales, dependientes básicamente de dos instituciones: Iglesia o fuerzas armadas.

Tanto en las familias ultra conservadoras como en los seminarios y escuelas militares de cualquier índole, la consigna es “quien obedece, no se equivoca”. Resulta natural que, en instituciones jerárquicas y piramidales, la obediencia sea un factor central que contribuye a la cohesión y al espíritu de cuerpo que caracterizan tanto a las iglesias como a las fuerzas armadas.

El modelo paternal autoritario, tanto en las familias como en las instituciones, implica que las decisiones sean tomadas en la cúpula, y cuanto más abajo se esté en la pirámide, menos posibilidades de decisión existen. En lo referente a las familias, en este modelo los hijos no reciben entrenamiento para tomar decisiones durante su desarrollo personal y llegan a la vida adulta con un especial desconocimiento de cómo y cuándo decidir, excepto si se les da un entrenamiento específico para mandar o administrar un legado importante.

Tal es el caso de las familias reales: a los presuntos herederos se les daba una educación completamente distinta a los hermanos menores; a éstos últimos se les obligaba a obedecer al primogénito, a cambio de mantener un status; al primogénito se le entrenaba para gobernar. El problema era cuando los primogénitos no podían o no querían hacerse con el mando. El caso moderno más ilustrativo es el de Eduardo VII de Gran Bretaña, quien decidió abdicar al trono, quedando en su lugar su hermano Jorge VI, quien no había sido educado para gobernar y a quien le costó un enorme trabajo superar desde sus problemas de dicción hasta encontrar un modo para relacionarse adecuadamente con el Parlamento. Al final, logró ser un buen rey en momentos de crisis, pero no se le había educado para ello.

En cuanto a las iglesias o fuerzas armadas, el rango lo dice todo. Donde gobierna capitán, no gobierna marinero. Y en ese sentido, toda la lógica institucional estriba en que las decisiones se toman en la cúpula y no hay nada que negociar.

Otro factor, igualmente relacionado con el anterior, aunque no es estrictamente lo mismo es la dependencia con respecto a otras personas. Muchas veces la indecisión que se deriva de un modelo de familia autoritario se manifiesta a la inversa, En este caso, la sobreprotección de los padres lleva a los hijos a dudar sobre su capacidad de decisión y en caso de que no existan lo padres, el poder de decisión es transferido a otra persona, que puede ser un par o no. Aquí encuadran perfectamente casos históricos de reyes y sus “válidos”. Ejemplos: Felipe IV de España y el conde duque de Olivares, al que poco le faltaba por pensar en nombre del rey. O el cardenal Richelieu en relación a Luis XIII de Francia. Más modernamente, las “eminencias grises” de los gobiernos republicanos, especialmente de tipo presidencialista, reflejan el modo codependiente de relacionarse del jefe de estado en cuestión. En México, abiertamente se ve esta característica en la presente administración federal.

Otra característica de la personalidad que dificulta la toma de decisiones es evitar el malestar como patrón reiterado de comportamiento. Para no afrontar el malestar que puede generar la toma de una decisión, se posterga, de tal manera en que al corto plazo la molestia se disipa, pero al mediano y largo plazos, el no haber tomado una decisión se convierte en un problema, el cual muy probablemente no será resuelto por falta de herramientas psíquicas para ello.

Relacionado con lo anterior está la falta de madurez-, ello implica que la toma de decisiones se vuelve difícil, estresante; por ello, se traslada la responsabilidad de decidir a quién se considera más apto para hacerlo, a quien se considera mayor en edad, sabiduría y experiencia. Además, existe la fantasía de la situación ideal, lo que se convierte en el pretexto para no tomar la decisión. Es el típico “si la situación x fuera ideal, entonces tomaría la decisión y, pero como no es así, prefiero que los demás tomen la decisión, además, saben más que yo”. En otras palabras, es una forma de no asumir responsabilidad alguna.

Un último aspecto personal que lleva a no tomar decisiones es la tendencia a la procrastinación, es decir a postergar las decisiones hasta que ya no es posible no tomarlas.

Estos son los aspectos psíquicos que en general influyen para tomar una decisión. ¿Qué pasa con los mexicanos que les es tan difícil tomar una decisión de sí o no? Me parece que muchos de los factores descritos se encuentran presentes en la cultura mexicana, especialmente los que tienen que ver con una educación autoritaria y las estructuras jerárquicas y verticales.

Primero, la educación en casa, pese a lo que se diga, es patriarcal, y al padre no se le puede decir más que lo que él quiere oír, sí o no según la circunstancia. Pero el equivocarse en la respuesta tiene costos, así que mejor seguirle la corriente.

Segundo, la duda en la decisión se transfiere a otros ámbitos. Al jefe, otra figura de autoridad, tampoco es posible llevarle la contraria, so pena de castigo, es decir, aparece la parte negativa de la decisión. Luego entonces, la cultura patriarcal permea los espacios ajenos a la familia.

En tercer lugar, la educación formal hace hincapié en la obediencia. ¿Qué es lo más socorrido en la pedagogía de las escuelas mexicanas? Que los chicos callen, obedezcan y sigan instrucciones. Muy poco se estimula que los muchachos pregunten y cuestionen a los maestros. No hay tiempo y el número de alumnos por maestro es desproporcionado. Pero la verdad es otra.

En lo político, la cultura corporativa clientelar ha marcado las estructuras políticas, económicas y sociales. El caudillo y el líder son las figuras reconocidas que toman, en el espacio público, la figura paterna. ¿Se puede hacer algo contra el padre? No, teóricamente; pero extraoficialmente se le puede mentir, postergar o al menos decirles una verdad a medias, siempre y cuando todo ello tuviese la ventaja secundaria de evitar el castigo. O mínimamente, retrasar las consecuencias negativas de rebasar los límites impuestos.

Ello explica, aunque sea de manera somera, que los políticos en México elaboren planes y programas grandilocuentes – quieren agradar al padre-pueblo, por las ventajas que ello implica –  y a pesar de no lograr las metas, algo hacen para hacer como que sí lo hizo, es decir, busca evitar el castigo.

Las elecciones son otro ejemplo magnífico para ilustrar el porqué de la falta de democracia. Las primeras elecciones en México permitían que votarán sólo los hombres de razón, que supieran leer y escribir, que fueran padres de familia y, además, terratenientes. Antes de la votación, los notables del lugar se ponían de acuerdo para elegir al candidato – ya fuera alcalde o diputado –  y posteriormente, informaban a los electores por quién tendrían que votar. ¿Democracia? Pues, sí, aunque muy primitiva.  A nadie se le hubiese ocurrido votar por alguien que no fuese el elegido por la élite … es decir los patriarcas más poderosos. ¿Tendría sentido desafiar a los mayores, a los poderosos?

Todo lo anterior pretende explicar por qué los mexicanos no pueden decir sí o no a la primera. A modo especulativo, podría decirse que el miedo a desagradar al padre priva sobre la elección racional.

[1] http://www.webconsultas.com/mente-y-emociones/emociones-y-autoayuda/por-que-nos-cuesta-tomar-decisiones-7221